En la agricultura, el agua suele considerarse un insumo que se aplica, se mide y se gestiona mediante sistemas de riego. Sin embargo, esta visión solo refleja una parte de la realidad.
En la práctica, la eficiencia en el uso del agua comienza mucho antes del riego. Empieza en el suelo.
No es solo una cuestión de cantidad, es una cuestión de eficiencia
El agua es un recurso esencial para la producción agrícola, pero en muchos sistemas, parte del agua aplicada puede no ser utilizada completamente por las plantas. Esto puede deberse a factores como la escorrentía, la evaporación o limitaciones en la infiltración.
La clave para abordar este desafío está en mejorar cómo el agua se retiene, se almacena y se utiliza en el sistema suelo–planta — aumentando la proporción de agua que se retiene en el suelo y se pone a disposición de las raíces.
En este contexto, no consiste en aplicar más agua, sino en comprender el sistema que regula su movimiento y almacenamiento.
Ese sistema es el suelo.
Del riego a la integración
Los enfoques tradicionales de gestión del agua se han centrado en optimizar el riego, de la mejoraría del momento de aplicación hasta los sistemas de distribución y la cantidad.
Aunque siguen siendo importantes, solo representan una parte de la solución. Un enfoque más integrado tiene en cuenta la salud del suelo y cómo influye en:
- La infiltración del agua en el suelo
- La capacidad de almacenamiento
- La velocidad de liberación del agua hacia las plantas
- La capacidad de acceso de la planta al agua disponible
Mejorar la eficiencia hídrica comienza por mejorar estos procesos, y todos tienen su origen en el suelo.
El suelo: el sistema original de gestión del agua
El suelo suele describirse como un medio físico, cuando en realidad funciona como un sistema dinámico que regula la infiltración, el almacenamiento y la liberación de agua.
La estructura del suelo desempeña un papel clave en la infiltración y el almacenamiento del agua, influyendo en la forma en que el agua penetra en el perfil y en el tiempo que permanece disponible para las plantas. Los suelos bien estructurados permiten una mejor entrada del agua, reducen las pérdidas superficiales y mejoran su disponibilidad a lo largo del tiempo.
La capacidad de retención de agua del suelo es igualmente importante. Está estrechamente relacionada con el contenido de materia orgánica y la agregación. Los suelos con mayor contenido de materia orgánica tienden a retener más agua y a liberarla de forma más gradual, lo que ayuda a los cultivos durante periodos de menor disponibilidad hídrica.
La materia orgánica actúa como una esponja dentro de la matriz del suelo: aumenta el número de microporos, contribuye a una estructura más estable y mejora la capacidad del suelo para absorber y liberar agua de forma progresiva. Estos agregados no son solo estructuras físicas; se forman y estabilizan mediante la actividad biológica: raíces, hongos y microorganismos que producen compuestos de unión y generan redes complejas en el suelo.
Es bajo la superficie donde todo ocurre
Bajo la superficie, los procesos biológicos determinan cómo se comporta el agua en el suelo.
Los microorganismos contribuyen a la formación de agregados estables, mejorando la porosidad y favoreciendo tanto la infiltración como la retención. Bacterias y hongos interactúan con los residuos orgánicos y los exudados radiculares, transformándolos en formas más estables de materia orgánica que sustentan el almacenamiento de agua a largo plazo. Los hongos micorrícicos amplían el sistema radicular efectivo, permitiendo acceder al agua en poros más pequeños y a mayores distancias de la raíz.
Al mismo tiempo, el sistema radicular actúa como la interfaz entre el suelo y la planta, determinando la eficiencia en el acceso al agua disponible. Las raíces bien desarrolladas exploran un mayor volumen de suelo, aumentando el acceso a las reservas hídricas.
Los suelos biológicamente activos, ricos en diversidad microbiana e interacciones entre raíces y microorganismos, tienden a sostener sistemas vegetales más resilientes, capaces de afrontar mejor periodos de estrés hídrico.
En este contexto, la inoculación microbiana, o sea, la introducción dirigida de microorganismos beneficiosos, puede complementar las comunidades existentes, estimulando la agregación, favoreciendo el desarrollo radicular y mejorando la eficiencia con la que las plantas utilizan el agua almacenada. Cuando se integra con buenas prácticas de manejo, contribuye a reforzar las funciones naturales del suelo en la regulación del agua.
El suelo, el agua, las raíces y los microorganismos forman un sistema único e interconectado.
Por lo tanto, la eficiencia del uso del agua no puede analizarse de forma aislada
Repensar el agua desde el suelo
Replantear el agua como parte de un sistema, y no como un insumo aislado, tiene implicaciones importantes.
Supone pasar de una lógica de aplicación a una lógica de uso eficiente. Destaca el papel del suelo como elemento central en la gestión del agua. Y refuerza la idea de que la resiliencia en la agricultura se construye desde la base.
Proteger los recursos hídricos empieza por proteger el suelo.
Porque mantener el agua donde realmente importa es tan importante como aplicarla

Lecturas complementarias
Plataforma #SOS
- Sección Agua – Safeguard Our Soils
- Sección Suelo – Safeguard Our Soils
- Más allá de la superficie: Descubriendo la red invisible que sostiene nuestro sistema alimentario – Safeguard Our Soils
